En camino hacia el Sínodo Panamazónico: Noviembre 2019

 En la encíclica Laudato si’, el Santo Padre se refiere con mucho respeto y amor a los pueblos indígenas. Los discípulos de San Ignacio de Loyola se distinguieron por eso en tiempos de la conquista (1572-1767). A diferencia de otros misioneros que unían la cruz con la espada de los conquistadores, los jesuitas aprendían las lenguas de las poblaciones nativas, en esas lenguas les transmitían los conocimientos, la educación y la fe. Y también conquistaban con la música. En eso consiste el proceso de inculturación.

Bach y Vivaldi en La Chiquitana

La música del Barroco reescrita y adaptada por los indígenas es hoy orgullo de los pobladores originarios de Santa Cruz de la Sierra y la cuna chiquitana de grandes músicos gracias a la acción de los maestros de las reducciones jesuíticas del siglo XVI al siglo XVIII en el oriente boliviano. Allí la riqueza musical europea y la fe sobreviven en la cultura indígena. La música «matizada y coloreada de sabor local por unas comunidades originarias cuya idiosincrasia concilia, de manera admirable, lo tradicional y lo moderno, lo artístico y lo práctico, el español y la lengua aborigen», dice un gran escritor.

Uniendo la belleza a la verdad y la bondad misionera aprovecharon el aporte de otra cultura y supieron cultivarse, lo que explica la síntesis transcrita como expresión de la cosmovisión originaria. ¿Por qué los indígenas no rechazaban lo diferente de la extraña cultura que le llevaban los misioneros? Para ellos la idea de «totalidad» es central. La cosmovisión indígena tiende a poseer una visión integradora de la vida y una concepción abarcativa e inclusiva de la realidad, presente en principios tales como los «opuestos complementarios» (caos-cosmos). Tunupa, el dios quechua y aimará, tiene por misión armonizar «el orden cósmico que se acopla al caos que es la tierra, armonizándola en el proceso creador» (Kush). Y dándole sentido, diría Bergoglio.

Aquella espiritualidad jesuítica que tocó la espiritualidad indígena sigue presente en el primer Papa americano y jesuita, en cada encuentro con los nativos de la Araucanía chilena, en la Amazonia peruana, en Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, en Panamá y Paraguay y en la misma Roma, indicándonos el camino del próximo Sínodo de octubre sobre la Región Panamazónica, donde sigue incólume la presencia de la Iglesia Católica.

 Mirar atrás y adelante

«Todo lo que tiene el árbol de florido, le viene de aquello que tiene soterrado».

«¡Háganse cargo de sus raíces! Pero no se queden allí, crezcan, florezcan, fructifiquen raíces llevadas hacia el futuro. Este es el desafío de ustedes hoy», les decía el Papa a los jóvenes indígenas.

Los aborígenes y la madre Tierra

«En un mundo fuertemente secularizado, los pueblos indígenas tienen mucho que enseñar a la humanidad», dice el Pontífice.

«El principio cardinal de todas las religiones es el amor por nuestros semejantes y el cuidado de la creación. Me gustaría destacar un grupo especial de personas religiosas, la de los pueblos indígenas», dijo el Papa el viernes 8M.

Los indígenas son custodios

Su Santidad señaló el papel que tienen los pueblos indígenas en la ecología y la sostenibilidad.

«Aunque representan solo el 5% de la población mundial, cuidan de casi el 22% de la superficie terrestre… ayudan a proteger aproximadamente el 80% de la biodiversidad del planeta».

Y agregó«Los pueblos indígenas son custodios y especialistas de culturas y relaciones únicas con el medio ambiente natural… una amplia gama de diversidad lingüística y cultural en el corazón de nuestra humanidad común».

«(Los indígenas) nos recuerdan a todos la sacralidad de nuestra tierra». Acotemos que entre los mapuches, el baño matutino al margen de la higiene corporal es la primera ceremonia sacramental del día, cuando rezan invocando a las divinidades.

La explotación irracional de los recursos

«Esto ha guiado al sistema económico moderno por un camino peligroso, que ha evaluado el progreso solo en términos de crecimiento material».

Dijo Francisco: «Ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría deben quedar fuera, y esto incluye las religiones y los lenguajes que les son propios». Por fin, afirmó: «La injusticia que hace llorar a la Tierra y a los pobres no es invencible».